La Iglesia del Amor

Texto cátaro de 1148

La Iglesia del Amor no tiene estructura, solamente la comprensión.
No tiene miembros excepto los que sienten que pertenecen a ella.
No tiene competidores, porque no alimenta el espíritu de competición.
No tiene ambición, porque solamente desea servir.
No marca fronteras nacionales, porque el amor no lo hace.
No se aísla, porque intenta enriquecer a todos los grupos y religiones.
Respeta a todos los grandes maestros de todas las épocas que
revelaron la verdad del amor.
Quienes pertenecen a ella practican la verdad del amor con todo su
ser.
Quienes forman parte de ella, lo saben.
No intentan enseñar sino ser, para, por ese estado de ser, poder dar.
Reconoce la tierra entera como un ser vivo y nosotros una parte de
ella.
Reconoce que ha llegado el tiempo de la última transformación, lejos
de la egocentricidad, de un retorno voluntario a la unidad.
No se anuncia en voz alta, sino actúa en los ámbitos sutiles de la
existencia.
Se inclina delante de todos los que iluminaron el camino del amor y
que sacrificaron su vida por ello.
Entre las propias filas no permite ni jerarquías ni estructuras fijas,
porque nadie es más grande que el otro.
No promete recompensas, ni en esta vida ni en la vida más allá, sino
únicamente la alegría de la existencia en el amor.
Sus miembros se reconocen por su manera de actuar, su manera de
estar y por los ojos, y por ningún otro gesto visible que el abrazo
fraternal.
No conocen ni el miedo ni la vergüenza y su testimonio siempre será
valido, tanto en los tiempos buenos como en los tiempos malos.
La iglesia del amor no tiene secretos, no tiene misterios ni iniciaciones,
excepto el conocimiento profundo sobre el poder del amor y sobre el
hecho de que el mundo cambiará si los hombres lo queremos, pero
únicamente si nos cambiamos primero a nosotros mismos.
Todos los que sienten que pertenecen a ella, pertenecen a ella.
Pertenecen a la iglesia del amor.

No tiene miembros excepto los que sienten que pertenecen a ella.
No tiene competidores, porque no alimenta el espíritu de competición.
No tiene ambición, porque solamente desea servir.
No marca fronteras nacionales, porque el amor no lo hace.
No se aísla, porque intenta enriquecer a todos los grupos y religiones.
Respeta a todos los grandes maestros de todas las épocas que
revelaron la verdad del amor.
Quienes pertenecen a ella practican la verdad del amor con todo su
ser.
Quienes forman parte de ella, lo saben.
No intentan enseñar sino ser, para, por ese estado de ser, poder dar.
Reconoce la tierra entera como un ser vivo y nosotros una parte de
ella.
Reconoce que ha llegado el tiempo de la última transformación, lejos
de la egocentricidad, de un retorno voluntario a la unidad.
No se anuncia en voz alta, sino actúa en los ámbitos sutiles de la
existencia.
Se inclina delante de todos los que iluminaron el camino del amor y
que sacrificaron su vida por ello.
Entre las propias filas no permite ni jerarquías ni estructuras fijas,
porque nadie es más grande que el otro.
No promete recompensas, ni en esta vida ni en la vida más allá, sino
únicamente la alegría de la existencia en el amor.
Sus miembros se reconocen por su manera de actuar, su manera de
estar y por los ojos, y por ningún otro gesto visible que el abrazo
fraternal.
No conocen ni el miedo ni la vergüenza y su testimonio siempre será
valido, tanto en los tiempos buenos como en los tiempos malos.
La iglesia del amor no tiene secretos, no tiene misterios ni iniciaciones,
excepto el conocimiento profundo sobre el poder del amor y sobre el
hecho de que el mundo cambiará si los hombres lo queremos, pero
únicamente si nos cambiamos primero a nosotros mismos.
Todos los que sienten que pertenecen a ella, pertenecen a ella.
Pertenecen a la iglesia del amor.

Deja un comentario